ROPA QUE IMPACTA

Ropa que impacta

Por Gabriela Guitérrez M.

La cadena de producción de los textiles es una de las más largas. Por ejemplo, para fabricar un par de jeans, el proceso comienza en los campos agricultores donde se siembra el algodón, en los cuales se emplea agua y fertilizante.

También hay que considerar el combustible empleado en transportar esa materia prima a las áreas de transformación y maquila (que pueden ser varias: donde se corta, se trama, se dan los acabados). De nueva cuenta se sube a un transporte para llegar a los puntos de distribución y después a los de venta. Todo este largo viaje para que, al final, los jeans terminen un año más tarde –si bien nos va– en el basurero.

El Departamento de Ecodiseño y Desarrollo Sustentable de la Agencia Ambiental de Francia estima que cada par de jeans genera dos kilogramos de dióxido de carbono, desde el inicio de su producción hasta el final de su vida útil. Mientras que en el mismo lapso se estima que emplea 10 000 litros de agua, de acuerdo con el Global Leadership Award in Sustainable Apparel (GLASA). Desde esa perspectiva, quizá valdría la pena comenzar a ver nuestro ropero más como un estacionamiento humeante o un río de aguas negras.

Hace tan solo dos generaciones, las familias invertían en ropa de calidad que les duraría varios años. Las prendas se heredaban de hermanos mayores a menores, e incluso a otros familiares. Actualmente, se compra el doble de artículos que hace 20 años y el triple que hace 50, de acuerdo con la investigación “Plenitud: La nueva economía de la verdadera riqueza”, de Juliet B. Schor. El ciudadano estadounidense promedio compraba 34 prendas en 1991, para 2007, adquiría 67, “lo que implica una nueva prenda cada cuatro o cinco días”, apunta la autora.

Hoy en día, la ropa es de mala calidad y se vende a bajos precios, pues no se pretende que tenga una vida útil larga. Por el contrario, entre más rápido el consumidor prescinda de ella, más pronto querrá comprar la siguente. Lo que lleva a las empresas a producir grandes cantidades para satisfacer esa demanda. El círculo vicioso del consumo, sin embargo, tiene una factura alta y quien la paga es el medio ambiente.

La vorágine de la fast fashion ha convertido a la industria de la moda en la segunda más contaminante del mundo –sólo detrás de la petrolera. Cada año se producen alrededor de 80 000 millones de prendas de vestir, que eventualmente terminarán en la basura.

En México, cada persona genera alrededor de 50 kilogramos de residuos textiles al año. El incremento de este tipo de desperdicio pasó de 458 000 toneladas, en el año 2000, a 613 800 toneladas en 2013, de acuerdo con información oficial del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Alternativas

No, no es necesario entregarse al nudismo para disminuir la huella de carbono, pero sí es urgente que los consumidores adquieran más conciencia al momento de escoger un producto nuevo, explica Claire Perez-Tejedor, consultora en innovación social en empresas de la organización social francesa MakeSense.

“En Europa ya existe más conciencia sobre las repercusiones de nuestras compras y por ello hay consumidores más responsables. México está en ese camino, pero trae unos 15 años de rezago”, explica Perez-Tejedor, quien a través de MakeSense ha asesorado varios proyectos de moda sustentable en la Ciudad de México.

Uno de ellos es Manosanta, un proyecto basado en comprar ropa en buen estado para después venderla en un bazar itinerante conocido como Pop-up Store: “Nuestro lema es: ‘No nos traigas nada que tú no te pondrías’ ”, advierte Mónica Dubost, una de las fundadoras.

Cada seis semanas, Dubost y su socia, Emilia Alonzo, instalan los racks en algún punto de la Ciudad de México donde el Pop-up Store está abierto durante un fin de semana. En el primero de este año, celebrado en la colonia Roma, decenas de prendas, entre vestidos, blusas, pantalones y bolsas fueron ofrecidas desde 50 pesos, como por ejemplo un vestido marca Tommy Hilfiger, blusas Zara, entre otras.

Otro caso es el de Marina Boido, con su marca Monona Piezas Únicas, y Laura Pírez Torres, con Llamarada. Ambas –amigas, diseñadoras y emprendedoras– se especializan en reutilizar prendas usadas para diseños nuevos. Uno de los programas más exitosos es el “Trueque de Mezclilla”, que en su primera edición en mayo del año pasado congregó a cerca de 300 personas.

Durante el trueque, los asistentes deben entregar hasta cinco piezas de mezclilla que ya no utilicen, las organizadoras les asignan un valor en puntos y pueden canjearlos por piezas vinculadas al arte, como pinturas, fotografías, libros, películas. En la segunda edición recibieron más de 500 prendas de mezclilla, que muy pronto tendrán una segunda vida convertidas en tenis, bolsos, vestidos y otras piezas.

“México ya está preparado para escuchar de manera seria las propuestas de moda sustentable, aunque sigue siendo un nicho, ahora es una tendencia a nivel mundial y es irreversible. Las empresas grandes comienzan a darse cuenta que no es económicamente sostenible, no ser sostenible ecológicamente”, dice Boido.

Sin embargo, los diseñadores de moda sustentable tienen diferentes retos, la mayoría de ellos basados en un cambio cultural: desde reutilizar la ropa de otros, comprar de manera menos compulsiva y valorar las prendas hechas de manera artesanal o con materias primas menos contaminantes.

“Lo primero que necesitamos comprender como consumidores es que necesitamos pagar un precio justo por estas prendas, porque estamos seguros de que su impacto ambiental es bajo y que las marcas pagan lo justo a sus trabajadores y proveedores, no como los escándalos de explotación laboral en los que otras empresas se han visto inmiscuidos”, explica Pérez-Tejedor.

El 80 % de la población no está consciente de la moda ética, asegura Mireille Acquart, directora de Ethical Fashion Space, una consultoría especializada en moda ética dirigida a capacitar a los emprendedores de este sector para que adopten procesos más eficientes.

“Es todo un proceso. No se trata de ser hippie, sino de pensar a futuro”, explica Acquart.

Jean Verdier, director de Fashion Green Mx, una plataforma de proyección de los diseñadores y sus propuestas sustentables desde hace siete años, asegura que el mercado se ha expandido y cada vez notan más interés, sin embargo, reconoce que aún se trata de un nicho.

“Todos los días estoy luchando contra la cultura, posicionar una moda que sea usable, aterrizada, que no se trate de solo conceptos, para que se convierta en una filosofía que trascienda la pasarela”, dice Verdier.

Verde por fuera

Verdier alerta sobre el greenwashing −un tratamiento de comunicación que algunas empresas dan a sus productos para hacerlos ver amigables con el medio ambiente, sin realmente serlo de fondo.

“Se trata de marcas muy conocidas, que aseguran invertir en medio ambiente y van por la vida con la bandera ecológica, pero vas a las tiendas y el discurso no concuerda”.

Las empresas líderes de la fast fashion en el mundo son: H&M, C&A e Inditex (dueña de las marcas Zara, Pull&Bear y otras), cuentan con programas “eco” (ecológicos), como líneas de ropa producidas con algodón orgánico o reciclada, sin embargo, continúan alimentando un consumismo devastador para el medio ambiente.

Livia Firth, directora de Eco Age, una firma consultora ubicada en Londres, y una de las voces más reconocidas a nivel mundial en temas de moda ética, valora los esfuerzos de las grandes marcas por ser más sustentables, pero advierte que mientras no cambien su modelo de negocio (producción en masa a bajísimos costos), todos estos esfuerzos formarán parte del greenwashing, de acuerdo con una entrevista para la cadena árabe Al-Jazeera.

Al final del día, la ropa que menos contamina es la que no se produce y no se compra, expone Gema Gómez, fundadora de la plataforma Fast Fashion en España. No se puede demandar moda ética a las marcas, si los consumidores mismos no son responsables con lo que adquieren. La voz más fuerte es la que se respalda con el bolsillo.

Los 7 básicos del consumidor responsable

No compres por impulso. Cada prenda debe tener un propó06sito.

-Investiga la reputación de las marcas que adquieras, si alguna ha caído en malas prácticas (como explotación laboral, contaminación del medio ambiente u otras), respalda tu desacuerdo no comprando sus productos.

-Asegúrate de que tus prendas ya no sean remendables o no puedan tener un nuevo ciclo de vida antes de desecharlas.

-Compra local, impulsarás la economía de tu región y además disminuirás la emisión de gases de efecto invernadero derivada de la transportación de las prendas.

-Conoce proyectos de diseñadores locales que crean líneas de moda sustentable.

-Atrévete a intercambiar prendas con tus conocidos y familiares.

-Mantente dispuesto a pagar más por prendas de mayor valor social.

-Los jeans son de las prendas con mayor rastro de contaminación y la mayoría de la gente tiene más de un par en el ropero. ¿Por qué contaminan tanto?

*Tierra. El cultivo de algodón (materia prima de los jeans) es uno de los que más demanda agua y fertilizantes. Para producir un par se requiere alrededor de un kilogramo de algodón.

*La huella de agua. Desde su producción hasta el final de su vida útil, se estima en 10 000 litros.

*Colorantes. Contaminan los ríos y mantos acuíferos.

*Dióxido de carbono. Debido a la transportación necesaria para todos sus procesos, desde el cultivo hasta los diferentes puntos de maquila. Se estima que algunas prendas visitan hasta cinco países antes de llegar al consumidor final.

Para mayores informes:
Montes Urales No. 425
Col. Lomas de Chapultepec México
Distrito Federal, C.P. 11000
Teléfono: (55) 30 99 3000

Fuente: www.revistacambio.com.mx/nacion/ropa-que-impacta/

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